Steve McQueen, o cómo vivir cada día como si fuera el último

Por: Motociclismo.es | Brigitte Haschek | Fotos: Dieter Demme, dpa, Yvonne Hertler, archivo MPIB |

En vida alcanzó la categoría de leyenda pero 35 años después de su muerte, hoy lo es aún más.

“Todo lo que necesito es una máquina rápida… soy una rebelde americana, protagonizando mi gran escapada … como Steve McQueen.”

La estrella del pop americano Sheryl Crow no podía haber elegido un título más acertado para su himno a la libertad y la independencia, la valentía y las ganas de vivir: “Steve McQueen”. The King of Cool nos dejó sin aliento aquel noviembre de 1980, cuando a los cincuenta años, se despidió del escenario de su propia vida víctima de un ataque al corazón durante una operación de cáncer.

Sin embargo, el mito de McQueen está hoy más vivo que nunca, sobre todo tras el estreno este año del remake de su película de culto ”On any sunday”. El film original de 1971 transmite como ninguno otro la atmósfera del mundo de las carreras y el placer de conducir una moto. ¡Qué sensación! Tan pura, tan buena, tan libre…

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Para la eternidad han quedado secuencias como aquella en la que los neumáticos superanchos de un Mustang tuneado dejan tras de sí, con un chirrido, dos enormes rayas sobre el asfalto de San Francisco, dando comienzo a una trepidante persecución. En el papel de implacable perseguidor, el combativo teniente de policía Bullitt, un hombre que no se doblega ante las intrigas, le pisa los talones al malo en plena Tailor Street.

 

STEVE MCQUEEN, ¿CÓMO ERA EL HOMBRE?

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Da igual el papel en el que actuase, McQueen tenía la capacidad de fascinar por igual a hombres y mujeres. A éstas, por la expresividad de sus radiantes ojos azules y el salvaje erotismo que emanaba su atractivo casi animal. Para ellos es un sueño llegar a ser alguna vez como él: intrépido, íntegro, implacable, inexorable… El típico hombre al que aman las mujeres.

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Pero, ¿cómo era el hombre que, como actor, podía expresar seis o siete sentimientos distintos, algunos de ellos contradictorios, en un solo primer plano? Así lo describía su viejo amigo William Claxton, “Clax”, como lo llamaba McQueen: ”era listo, que no intelectual, y no era cool, era supercool”. Los dos estuvieron muy unidos en los años 60, confiaban el uno en el otro y protagonizaron juntos alguna que otra locura. Como aquel domingo de verano en 1963, cuando McQueen lo llamó por teléfono a eso de las cuatro de la mañana.

Era listo, que no intelectual, y no era cool, era supercool.

En voz baja pero insistente, le preguntó:

“Eh, Clax, ¿cómo va la cosa? ¿Te vienes? Nos vamos al Desierto de Mojave a un encuentro nacional de “cross country”.

Y añadió, en tono persuasivo:

“Huevos fritos, panceta, patatas asadas, café caliente. Va a ser un fiestón. Veremos amanecer en el desierto. Fumaremos algo. Nos uniremos a la naturaleza”.

A McQueen le gustaba la marihuana. La fumaba a todas horas. A su amigo en ocasiones le resultaba incomprensible cómo era capaz el actor de concentrarse en una escena justo después de fumarse un par de porros en el camerino. De hecho, una vez sacó el tema en una conversación: “tío, ¿cómo lo haces? Cuando yo estoy fumado, no soy capaz de hacer fotos.” A lo que Steve respondió: “Me gusta ir al límite, acercarme siempre al precipicio. Es una especie de reto. Creer que no te va a salir y después, aún así, conseguirlo.”

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Claxton admiraba la extraordinaria personalidad de McQueen, así como su gran serenidad. Estaba fascinado por la audacia, pero también por la introversión de aquel tipo duro, que en ocasiones llegaba a desconfiar de los demás hasta extremos cercanos a la paranoia, quizás debido a las penurias de su infancia y juventud. Regresando juntos de una escapada en el Shelby Cobra de McQueen al nuevo hogar de la familia, una fabulosa finca de estilo rústico en Los Ángeles, Steve reconoció orgulloso: “Quién hubiera pensado que aquel niño desharrapado se fuera a poder permitir algo así, eh Clax…”

DE LOS PRIMERO TRABAJOS A SU PRIMER PORSCHE

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Desde mediados de los años 50 (por aquel entonces, sólo en papeles secundarios) el actor ganaba lo suficiente como para pasarse semanas vagabundeando por Baja California. Cada vez con una moto nueva. En la serie del oeste “Randall, el justiciero”, McQueen encarnaba un nuevo tipo de cowboy, interesante, carismático, atractivo pero sensible al mismo tiempo. Gracias a esta incesante fuente de dinero, en 1959 pudo permitirse su primer Porsche.

Vivía por y para el cine y el motor. Claro ejemplo de ello es que la huida en Triumph TR6 de “La gran evasión” se incluyó en el guión por insistencia de McQueen. A diferencia de la mayoría de actores –como Yves Montand en esa estereotipada pose sobre la Fórmula 1 titulada “Grand Prix” a mediados de los años 60–, que sólo son capaces de imitar torpemente a los pilotos de carreras, McQueen se movía en el mundo del motor con total naturalidad. En 1964 compitió en uno de los dos equipos enviados por la Federación Americana de Deportes de Motor en los Seis Días Internacionales de Enduro de Erfurt.

La huida en Triumph TR6 de “La gran evasión” se incluyó en el guión por insistencia de McQueen.

Aunque la Triumph de dos cilindros era una montura poco adecuada para ese cometido, en compañía de sus colegas de equipo -el especialista de Hollywood Bud Ekins, su hermano Dave y Cliff Coleman- firmaron un papel bastante aceptable. Incluso, al final de la segunda jornada de aquellos ISDE, la peculiar armada estadounidense figuraba en el cuarto puesto. Después, el equipo tuvo que decir adiós, pues McQueen se vio obligado a retirarse después de una tremenda caída con su TR6.

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No era de extrañar que aquel fascinante hombre supiera transmitir con fidelidad el rol de piloto, lo que piensa durante una carrera, ya fuese en una dura competición de cross country o a los mandos de un Porsche, ese afán incontenible de ser el más rápido.

“Steve tenía un talento natural para las carreras y sus dotes como piloto eran excelentes”, afirma el antiguo piloto del equipo de fábrica de Porsche, Herbert Linge.

“Con algo de formación y entrenamiento, podría haber llegado a estar entre los mejores.” Que realmente tenía madera lo demuestra su legendario segundo puesto en las 12 Horas de Sebring, obtenido en 1970 a los mandos de un Porsche en compañía de Peter Revson. “No se cortaba nunca, pero era imposible que te cayera mal”, recuerda Linge, a punto de cumplir los 87 años. Es uno de los pocos que quedan de los que hayan trabajado con McQueen. Durante las seis intensas semanas de 1970 que duró el rodaje de “Le Mans” en su escenario original, McQueen se ganó el respeto de Linge, un sentimiento que el tiempo sólo ha contribuido a reforzar.

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Determinado y preciso, con sentido del humor, luchador pero no pendenciero, así lo describe el alemán. “Respetaba a todo el mundo, independientemente de su posición. Y cuando se hartaba de rodar, Steve simplemente se largaba y se daba una vuelta con la moto.” Al cabo de poco tiempo, Linge decidió que era mejor no acompañarlo. “Corría como un condenado.”

Con el piloto de Porsche y su compañero de equipo, el inglés Jonathan Williams, mientras participaban en las 24 Horas de Le Mans, filmaron nada menos que 20.000 metros de película desde su Porsche 917. McQueen, como productor de la película, había exigido disponer de una base auténtica para las escenas de acción de “Le Mans”. Es más, le hubiese encantado participar él mismo en esta competición de 24 horas, pero las aseguradoras se lo tenían prohibido.

En contra de su voluntad, al talentoso McQueen hubo una sola cosa que nunca le permitieron en un rodaje: colocarse el casco con esa distraída naturalidad propia de un purasangre nato de las carreras para rodar el mismo las escenas de acción más peligrosas. “Yo hice de doble en esas escenas”, nos cuenta Herbert Linge, visiblemente complacido. Y sus ojos azules siguen resplandeciendo aún hoy al recordarlo.

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