Nuestros chinchorros se niegan a morir

Comerciantes de estos negocios agonizan ante la difícil situación que enfrentan tras el huracán María.

Por: Primerahora.com | Bárbara J. Figueroa Rosa | Noticias

El infortunio provocado por el huracán María ha dado un duro manotazo a cerca de 4,000 chinchorros en Puerto Rico, donde después de dos meses la inmensa mayoría de sus dueños maniobra tratando de salvar de la catástrofe a los pequeños establecimientos.

Una vuelta por el litoral costero en el este y norte de la Isla -incluyendo a los icónicos kioscos de Luquillo y sectores como Las Croabas (Fajardo), Joyuda (Cabo Rojo), “La ruta de la longaniza” (Orocovis) y Piñones (Loíza)- deja en evidencia el terrible azote que recibieron estos negocios, caracterizados por ser un lugar donde acuden familias a pasar un buen rato para refrescarse con diferentes bebidas y degustar una oferta gastronómica en la que nunca faltan las frituras.

Según Germán Ramos Tavares, administrador Chinchorrospr.com, las pérdidas son incalculables no sólo por el daño estructural que sufrieron los comercios -la mayoría reforzados con madera y zinc-, sino por el efecto que tuvo en la baja de empleos, pues han sido inevitables las cesantías. Encima, tienen que enfrentar otras constantes luchas ante la falta de servicio de energía eléctrica y el vía crucis en que se ha convertido lograr comunicación para la distribución de inventario.

“Para el primer mes (después del ciclón) me tiré a la calle y, por lo menos, había sin funcionar como 4,000 negocios. Ahora mismo continúan sin operar como 2,000. La causa principal es la falta de luz y el suplido de suministros”, expresa Ramos Tavares al indicar que antes del huracán 7,800 chinchorros estaban activos, una cifra estimada según el Censo Económico de 2012.

De otra parte, agregó que la principal preocupación que enfrentan los que han podido reabrir sus establecimientos remendando sus chinchorros y operando con generadores eléctricos, es el hecho de que los clientes “no están llegando”.

“Fuimos a Cabo Rojo y de cinco chinchorros que visitamos, sólo dos estaban abiertos (El Viandón y Los Almendros). En Joyuda, por ejemplo, no hay nada. Literalmente, no hay ni un negocio abierto allí. Aquello está destruido completo. Da pena. Y lo mismo ocurre en muchos negocios de la costa. En Las Croabas, por ejemplo, hay mucho negocio cerrado. Igual ocurre en Maunabo, Patillas y en la costa norte”, dijo quien se ha propuesto, con el auspicio de las cerveceras y Coca Cola, a ayudar a restablecer algunos de los comercios, ya sea organizando giras multitudinarias para reavivar a la clientela o restaurando las barras de los negocios.

Destrozos por la Isla

Primera Hora realizó un recorrido por varios chinchorros y constató la agonizante situación que atraviesan algunos propietarios que hacen de tripas corazones por levantarse.

Nelson Cruz Calo, propietario de El Oasis Amarillo, ubicado a la orilla de la PR-3, en Río Grande, reabrió el negocio hace poco más de dos semanas y son más los números negativos que los positivos en su chequera.

“Cero ganancias. Nada. Ahora mismo estoy gastando $35 diarios en gasolina para la planta, más los gastos de aceite y filtro y tengo a cuestas una renta de $1,200 que no puedo dejar de pagar porque estoy atado a un contrato por siete años… cuando sumas y restas no hay ganancia porque los clientes no están viniendo”, cuenta frustrado Cruz Calo quien antes del huracán tenía el negocio lleno, prácticamente, por personas que trabajaban o visitaban los hoteles cercanos. Pero las hospederías, todas, están cerradas.

Una estampa similar atraviesa la dueña de La Iguana Bar Restaurant, en Piñones, Yadira Vázquez, quien tuvo que cesantear a todos sus empleados y atender personalmente el negocio que con mucha ilusión atiende hace casi dos años.

“Aquí María dejó un destrozo. Se cayó una puerta, tumbó el techo de la cocina y se llevó parte de la terraza. Pero aquí estamos, no podía detenerme porque yo tengo que trabajar para sobrevivir. Lo que me da pena es que no puedo llamar a los cuatro empleados que tenía. Sólo una muchacha me ayuda de viernes a domingo y es por pocas horas”, cuenta quien también tuvo que limitar el menú sólo a frituras y las bebidas a refrescos.

Aún cuando Piñones es una zona turística, Vázquez asegura que el flujo de clientes ha disminuido drásticamente. “Ha bajado bastante… y si ves por ahí muchos negocios en Piñones han tenido que cerrar, y en el tablado ni hablar. Esto no está fácil, pero hay que dar el arranque para ver si la cosa mejora”, dijo optimista.

El conocido chinchorro “El Boricua”, ubicado hace más de 15 años en Piñones y conocido por sus exquisitas alcapurrias, es otro en el que se hacen malabares para apaciguar la crisis. Según contó Danelys Tanco, encargada del establecimiento, la furia de María sepultó bajo arena al negocio. Limpiar el lugar, y cubrir con toldos las estructura que también fue dañada, fue el primer paso para poner en marcha un plan de reapertura. Finalmente, reciben clientes desde el 7 de octubre.

“Pero no es igual que antes. No se está llenando. Además, se cierra más temprano y se ha limitado el menú a frituras y arroz con jueyes”, comenta sobre el chinchorro donde se prende el fogón desde las 10:00 a.m. y se opera con generador eléctrico desde el paso del huracán Irma.

En los kioscos de Luquillo, la oferta gastronómica también se ha visto afectada, pues solo el 60% de los 60 negocios ha logrado reabrir; y de éstos sólo siete operan en horario regular.

Entre esos pocos que han logrado sobrevivir se destaca Terruño (kiosco #20), donde su propietario Héctor “Papo” Morales, lo apostó todo a su experiencia como negociante y contra viento y marea abrió a los cuatro días del azote del huracán.

“Estuve a punto de decir: ‘olvídate, vamos a cerrar’. Pude haberlo hecho porque tengo seguro, pero tengo 28 empleados -padres de familia y madres solteras- y eso fue lo más que me motivó a intentarlo y ponerle empeño. Y aquí estamos: todos tienen su trabajo. Tal vez, no con las 40 horas de antes, pero trabajan 25 horas y tienen su propina”, cuenta quien utilizó como gancho para atraer clientes en aquellos primeros días después del huracán, cuando era difícil conseguir alimentos calientes, almuerzos a $7.

Pero mantener la plantilla no ha sido tarea fácil para Morales, quien invierte $2,500 mensuales en diésel y $1,000 adicionales en mantenimiento del generador eléctrico. “A eso súmale que todo ha subido de precio. Para que tengas idea, antes yo compraba un plátano a 40 centavos y después de María subieron a 80 centavos y son bien pequeñitos. Se necesitan por lo menos cuatro plátanos para hacer un mofongo. Hubo una semana, que en ocho días yo gasté $2,600 en plátanos. Ahí fue que dije, espérate tengo que hacer algo y ahora le ofrezco a los clientes tostones de pana o mofongo de yuca. Y lo mismo pasó con las lechugas americanas que antes costaban 85 centavos y la llegué a pagar a $3”, expresó Morales.

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